lunes, 30 de julio de 2012

Agua que sube y que baja.

Hay veces, por increible que parezca, en las que la distancia, la ausencia, los remordimientos y el dolor juegan a nuestro favor. Como si fueran un viento salvaje de verano arrastrando un pequeño velero, un viento que sopla justo hacia donde queremos ir (aunque nosotros aún no lo sepamos), y que te arrastra de vuelta a tu puerto. Y eso sienta bien. Alejarse, perderse en mareas desconocidas y encontrarse después en el reflejo del agua. Si no te pierdes, no podrás encontrarte jamás. Y si no te encuentras, no izarás bien alto las velas para dejarte llevar, para que el viento, que es muy sabio, te haga regresar al punto de partida, te arrastre de nuevo a tu puerto.

Este es el secreto de la mortalidad, mantener un equilibrio, constante o no, entre perderte y reencontrarte. O entre olvidarte y reconstruirte. Agua que sube y que baja, como las olas que nos arrastran por el camino hacia casa que nos hace sentir de nuevo vivos.



viernes, 20 de julio de 2012

Telarañas de mi.


Me han tragando los tejados de la gran ciudad. La existencia se ha limitado a una lucha continua que no deja tiempo de abrir ventanas ni de contemplar despertares. Hace mucho que mi sombra yace en la noche, indefensa ante todos mis demonios y todas las criaturas nocturnas que yo misma había imaginado años atrás, susurrándome cosas al oído. Los amaneceres ya no me recuerdan a nada porque me he peleado con el sol. Me he peleado con la vida, con el viento, con el humo y el frio de verano. Con la vida, con las letras, con la poesía. Le he dado la espalda al día y ahora solo saludo a la luna y a las estrellas, omnipotentes, que juegan a ser lunares escondidos de rostros lejanos, ajenos, que me descubren allí a lo alto y me prometen tiempos mejores. Me estoy olvidando de los verbos en pasado y en futuro, porque este presente continuo que poco a poco me va robando tiempo y segundos es en realidad quien me mata y quien me salva de las predicciones de un futuro desolador y un pasado ya putrefacto que se esconde de mi memoria, como si fuera peligrosa, en los pliegues de un pantalón arrugado. Me he peleado incluso conmigo misma por no ser quien soy y por no querer serlo. Por eso me oculto entre las sombras de una gran ciudad que agoniza, que echa de menos cuando era joven y cuando las chimeneas aún no contaminaban ni llenaban los rincones de un humo espeso y gris que no deja sentir el amor en las aceras, que no deja que la lluvia moje y que el viento pase y haga que todas las hojas de todos los árboles bailen a la vez.


Ésta es una ciudad vieja, y éstos, viejos pensamientos de viejas guerras ya perdidas.

martes, 17 de julio de 2012

Hasta que no pierdes la carrera contra el horizonte.

La vida era entonces como un viaje en una moto vieja. Atrás, a las espaldas, quedaban kilómetros y kilómetros de asfalto negro y humeante que persiguen infinitos lejanos. Hacia delante, una carrera continua con el horizonte. A los lados sólo un paisaje distorsionado por la velocidad y a lo lejos quedaban las ganas de abandonar. La velocidad le aportaba todo eso que antes le había sido arrebatado tan duramente, le brindaba la oportunidad de pisar el acelerador y no pensar en nada más. Dejarlo todo atrás, huir del sedentarismo para acercarse un poco más a la adrenalina de un presente que pasa demasiado rápido y deja atrás, junto con el asfalto negro y usado, un pasado incierto. Por eso ella odia mirar el retrovisor y contemplar los pequeños y efímeros trozos de mundo que va dejando atrás. Quizá traigan más soledad y anhelo del que deberían.

Entonces pisas el acelerador y mientras, sin querer, tu mirada se escapa hasta el retrovisor. En este viaje tu tiempo corre contigo y reta a la ebriedad, a tu vida perdida, que se va quedando atrás, olvidada y marchita. Y tú la miras de nuevo, de reojo, a través de ese retrovisor salpicado con el barro de la lluvia. La carretera dibuja espirales a tus pies y tú solo puedes pensar en aumentar la velocidad, porque últimamente es lo único que sabes hacer y lo único que te hace sentir bien. A salvo. Entonces te das cuenta de que todo tarde o temprano acaba, a tu derecha el semáforo se ha tornado del color de la sangre y tienes que frenar. Tienes que cambiar. Decides parar, y cuando lo haces, la inercia de las promesas te impulsa hacia delante. Porque eso es lo que hacen las promesas incumplidas, las promesas olvidadas. Dejan cabos sueltos que te atrapan en un pasado que jamas volverá, y para cuando te das cuenta, ya es tarde. Has frenado. La moto deja de avanzar pero tú no, y tu vida sale disparada a cien por hora mientras dejas de mirar al retrovisor y tu mundo deja de girar. Entonces ves frente a tí todo lo que creías lejos. Descubres que había estado delante tuya todo este tiempo y que no lo habías sabido ver. Y cuando disminuye la velocidad y todo está en calma, descubres que hoy hace un buen día, que el barro de la lluvia que inundaba los espejos de tu moto no eran más que manchas en tu pasado. Descubres que la calle hoy huele a flores y no te habías fijado. Que en el coche de al lado está sonando tu canción favorita. Pequeños detalles que habías ignorado. Pero no te habías dado cuenta de todo esto hasta que te has dado de bruces contra el suelo. Hasta que has fallado, hasta que has perdido esta carrera contra el horizonte. No te das cuenta hasta que algo o alguien no te obliga a frenar el ritmo que tarde o temprano iba a acabar contigo.

sábado, 14 de julio de 2012

Me niego a que la vida sea solo esto.


Me niego, a que pase el tiempo y a que la rutina se nos escape por cada uno de los poros de nuestra piel. Me niego a mirar atrás y ver la vida que se nos olvidó tener. El desayuno que se nos olvidó tomar en la cama una fría madrugada y ese beso que se quedó atrapado en el continuo espacio tiempo. Nuestras palabras perdidas lejos, en el firmamento y los hijos de la noche contemplándolas mientras ellas traen recuerdos de todo lo que no fue y se nos olvidó ser.  Todo lo que llevábamos dentro y se nos olvidó sacar. Todas las partituras de la banda sonora de nuestra vida que se nos olvidaron en casa, encima del piano, pidiendo a gritos salir del papel y convertirse en sonido. Por eso, improvisa. Improvisa nuestro futuro, porque es mejor lo que no está planeado. Porque las cosas se digieren mejor si son de repente. Si son sin avisar.

Y a este sentimiento tan nuestro.

Me sabes a locura, a desenfreno, a mañanas sin alba y noches sin freno. Me sabes a nuevo, a agua y miedo. Me sabes a veces un poco a fuego. Y luego se confunden nuestros sabores y cuando te beso me sabes a mí. A este sabor tan dulce y tan amargo, tan pequeño y vulnerable, tan poco estable.

Y es que me sabes a vida. Y me sabe realmente bien. 

lunes, 2 de julio de 2012

Trastornos nocturnos.

Los sueños se pierden cuando se deja de creer en ellos. Y cuando se deja de creer en un sueño se deja también de intentar conseguirlo. A veces incluso es lógico dejar de creer en ellos. Son sólo sueños, y los sueños, sueños son. ¿Si las personas y las metas cambian, no es ridículo que los sueños sigan siendo los mismos? No te sientas nunca culpable si abandonas uno. Siéntete culpable si no lo reemplazas por otro. Hay que soñar. Siempre. Pero no dormidos, tenemos que soñar despiertos. Si no nunca nos acordaremos y nadie quiere vivir sin recuerdos.

Aunque muchas veces lo que necesitamos no es un sueño de una noche, si no algo más.
Lo que necesitamos son certezas. Autenticidad. Garantías, de que si algo sale mal podamos dar un paso atrás. Necesitamos un camino a casa por donde volver, porque la verdadera realidad es que nos asusta perdernos y no encontrar las migajas de pan que dejamos tras nuestros pies "sólo por si acaso".
Por eso sólo las personas valientes sueñan. O quizá no tan valientes.
Cuando un hombre pierde su sueño, es como si su corazón se parara. En realidad seguirá latiendo pero ya estará muerto. Seguirá respirando y nadie a su alrededor se percatará de que sus ojos están llenos del más absoluto vacío. El hombre necesita sueños en los que creer, pero si el hombre sueña se acostumbra a esperar. Con lo cual, tener un sueño solo es el camino para hacerlo realidad. Y si se te olvidan las migajas de pan y el camino se borra con el barro y la lluvia, tener un sueño se convierte en algo mediocre y tener una certeza es seguridad. Pero también miedo.
Un miedo atroz que congela los pulmones y no deja respirar.  Por eso, da igual.

Todo da exactamente igual. Lo único que sé es que por las noches hace frío y cuando me levanto tú ya no estás.