jueves, 27 de septiembre de 2012

Los crímenes del alma.


Solíamos hacernos viejos bajo el velo de sombras que nos regalaba la oscuridad de un viejo caserón abandonado que sólo nosotros y un par de gatos callejeros acostumbrábamos a frecuentar. Recuerdo la atmósfera ardiente, el polvo de las paredes y las presencias que enredaban el alma y la volvían opaca. Ese lugar lo hacía todo más triste, se miraba la vida en blanco y negro, y las pocas ventanas ocultaban cualquier fugaz amago de una sonrisa. Aquel lugar éramos nosotros, era nuestra mejor guarida, nuestro refugio en el mundo.

Nos sentábamos en una esquina, siempre uno al lado de otro, nunca supe por qué pero no nos mirábamos a la cara. Le hablábamos al viento esperando que arrastrase nuestras palabras a tiempos mejores, más seguros, con vanas esperanzas. Tú sacabas tu mechero del bolsillo derecho, el lado opuesto al corazón, y prendías el ambiente haciendo fuego tus deseos. Los encendías como si fueran velas para el diablo. Si alguien nos viera desde lejos -pensabas siempre- sólo conseguiría distinguir un círculo de llamas flotantes y quizá un par de dedos. Tu cigarro se vería como si fuese sólo la punta de un iceberg en medio de un mar helado y nadie podría encontrarnos. Por eso elegimos aquel lugar frío y extraño. 

El humo me llegaba siempre por la izquierda y se colaba invadiendo mis entrañas. Fumar es un crimen- decías. Y luego le dabas otra calada. Sé que querías meter tu vida en el humo y también que no te faltaba espacio, simplemente, ocupabas demasiado poco. El resto lo dejabas para quién sabe qué futuro.
Fumar es un crimen porque mata- repetías- cada cigarro es un día. Imagínate cuántas cosas estoy dejando de hacer, imagina cuantas acciones anuladas por un inútil trozo de papel. Todos los días que vendrán me los estoy quitando.

Y así pasaba el tiempo, los dos nos sentábamos, tu a matarte y yo a contemplar tu lento suicidio. Me hacías estúpidas ofertas de vicios por mi tiempo y yo siempre aceptaba.

Ya lo había soñado antes. El cielo se teñiría de rojo sangre y como siempre haría las veces de infierno. Llegaría demasiado tarde el arrepentimiento y las dudas se consumirían tan rápido como lo hiciste tú. Uno de esos tantos días llegarías con la mirada cansada y las palabras rotas, alegando altas dosis de realidad acumulada, cuando lo único que necesitabas era tiempo.

Pero esa vez fue diferente, abriste tu paquete y elegiste el cigarro de la suerte, ese que viene dado la vuelta y que reservabas para ocasiones especiales. Para cuando te hicieran falta sueños, para cuando te hicieran daño. Lo encendiste y me apresuré para observar tu rutina de movimientos, pero hubo uno que se escapó de lo normal, dejaste caer el cigarro al suelo. Después lo pisaste con odio.

- Este no me lo fumaré. Por ti. Viviré un día más para devolverte todo lo que te debo.

Lo supe mucho tiempo después, pero aquella fue tu manera de darme las gracias. Le diste una tregua a tu vida para intentar alargar la mía. Si, tu vida se hizo un día más larga. Lo que no sabías era que hacía tiempo que el número de cigarros superaba al de los días.
Tus crímenes acabaron con la siguiente calada, y desde entonces sueño que te encuentro en otras miradas, otra vida.
 

1 comentario:

  1. un texto genial...
    Fumar siempre puede dar una metáfora de la vida.

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¿Por qué no escribes algo? ¿Es que te ha comido la lengua el gato?